jueves, 5 de marzo de 2015

Trópico de Cáncer


Y ahora estoy yo, de pie en la sombra de este viaducto; lanzándome tras ella, aferrándome a ella desesperadamente, y ahí está aquella misma sonrisa inexplicable en mis labios, la máscara que he fijado sobre mi pena. Puedo permanecer aquí y sonreír vacíamente, por más fervientes que sean mis oraciones, por más desesperada que sea mi nostalgia, hay un océano entre nosotros; allí quedará ella y morirá de hambre, y aquí quedaré yo caminando de una calle a otra con las lágrimas calientes quemándome la cara.
Es esa especie de crueldad que está incrustada en las calles, es eso que gritan las paredes y nos aterroriza, cuando de pronto sentimos un miedo sin nombre, cuando de pronto un pánico torturante nos invade el alma. Es eso lo que da a los faroles sus contorsiones demoníacas, que les impele a hacer señales y atraernos a su abrazo sofocante; es eso lo que hace que ciertas casas parezcan las guardianas de crímenes secretos y sus ventanas ciegas como las órbitas vacías de ojos que han visto demasiado. Es este tipo de cosa, escrita en la fisonomía humana de las calles lo que me hace huir cuando de pronto leo encima de mi cabeza: Impasse Satan. Eso que me llena de escalofríos cuando en la misma entrada de la Mezquita leo escrito: “Lunes y jueves, tuberculosis”; “Miércoles y viernes, sífilis”. En cada una de las estaciones del subterráneo hay máscaras sarcásticas que os saludan con un “défendez-vous contre la syphilis!” Dondequiera haya paredes, hay carteles con brillantes y venenosos cangrejos que profetizan la llegada del cáncer. A dondequiera que vayáis, cualquier cosa que toquéis, allí está el cáncer y la sífilis. Está escrito en el cielo; baila y flamea como un presagio siniestro. Nuestras almas están devoradas y no somos más que una cosa muerta como la luna.

("Trópico de Cáncer", Henry Miller)

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